1). FASES PRECEDENTES
Si titulábamos este breve texto como
"Maastricht: ¿cuarta reordenación?" era
porque sostenemos la tesis de que Europa se encuentra ante una
previsible cuarta fase de su evolución consistente en el
inicio convulso y extremadamente tenso de una nueva reordenación
del marco geopolítico inherente a la nueva forma de acumulación
que debe sustituir a la precedente. Esta entró en quiebra
total a comienzos de los '7O y aún no ha generado todos
los mecanismos económicos, políticos, socioculturales
y axiológicos adecuados para relanzar durante un período
de tiempo suficientemente largo la tasa media de ganancia. Sin
tal relanzamiento sostenido es extremadamente problemático
el que la enorme cantidad de capital excedentario que navega a
la deriva se reinvierta en el sector primario, de producción
de bienes de producción, decisivo para la reproducción
ampliada del valor.
Pero es la especial complejidad de la actual crisis, que analizaremos
en su momento, la que explica tanto la importancia de la memoria
histórica contradictoria de los pueblos y clases sociales
como de la colaboración o al menos su pasividad tolerante
e interesada para dejar vía libre a las duras reformas
que las burguesías deben acometer urgentemente. Por tanto,
para lograrlo, el bloque de fracciones de clases dominantes que
optan por el modelo-Maastricht deben antes que nada fabricar ese
consenso activo o pasivo. Así se comprende el oscurantismo
y precipitación con la que se ha negociado y tramitado
el proceso. Se intentaba evitar el conocimiento público
no sólo de la gravedad de la situación sino también
de la extrema dureza de las medidas capitalistas destinadas a
abrir otra onda larga expansiva que sustituya a la concluida a
finales de los '6O.
Consiguientemente tanto para el Capital como para el Trabajo la
historia de las fases precedentes, condicionantes de la actual
situación, es vital. De ahí toda la campaña
mentirosa y falsificadora del pasado europeo y de ahí la
importancia que damos a las fases anteriores pues nos permiten
extraer determinadas constantes que pueden iluminarnos en la actualidad.
Y si sostenemos que estamos a las puertas de una cuarta fase es
porque las tres precedentes nos enseñan lecciones muy inquietantes
que nos aconsejan oponernos a la estrategia que hoy aplica la
fracción dominante de las clases dominantes.
La primera ordenación de los espacios geopolíticos
y productivos europeos gira alrededor del Tratado de Westfalia
de 1648. La crisis tardofeudal de los s. XIV-XV y la expansión
del XVI marcan las duras contiendas del XVII, especialmente la
Guerra de los 3O Años en el continente en la que los Países
Bajos se independizan del Estado Español y se reestructura
todo el mapa geopolítico. En Inglaterra la revolución
de 164O/88 supone la confirmación de la tendencia a escala
europea.
Esta primera ordenación se caracteriza por la pérdida
irreversible de poder del Estado español y Portugal, de
la Alemania central y meridional, del norte de Italia y del comercio
mediterráneo en beneficio del eje noroccidental representado
por los Países Bajos e Inglaterra y en menor medida por
el Estado francés y Suecia. El fracaso del capital mercantil
para dar el salto manufacturero es el secreto de que gran parte
del continente tenga que quedarse rezagado e incluso con refeudalizaciones
brutales en el Este y reforzamiento del absolutismo en el Estado
francés. También sale derrotado definitivamente
el Vaticano y sus pretensiones teocráticas.
El ordenamiento resultante del Tratado de Westfalia perduraría
sin grandes cambios durante 165 años hasta el Congreso
de Viena de 1815, que es la segunda reordenación europea.
Durante el tiempo transcurrido entre ambos hitos Europa asiste
al desarrollo del capital manufacturero y de la burguesía
como clase dispuesta a desbancar al absolutismo. Los principales
Estados que decidirán la suerte del continente durante
dos siglos, hasta la segunda mitad del XIX, se consolidan entonces
-Inglaterra, Holanda, Francia, Rusia, Austria, etc.- mientras
que los fundamentales problemas nacionales toman cuerpo definitivo
dentro de dichos Estados -Irlanda, etc, en Inglaterra; Bélgica
en Holanda; vascos, bretones, etc, en Francia, eslavos bálticos
en Rusia, Austria y Prusia; eslavos balcánicos en Austria,
Rusia y Turquía; vascos y catalanes en España; etc.-
y por último se establecen definitivamente los puntos básicos
de una ideología burguesa euroccidental que renace periódicamente
compuesta por tres fobias chauvinistas: antieslavismo, antiislamismo
y antisemitismo.
La reordenación europea del Congreso de Viena de 1815 es
el resultado de la victoria de las dos facciones más distanciadas
de los Estados europeos: Inglaterra que avanza ya en la primera
etapa de la revolución industrial y los Estados anclados
en el absolutismo dinástico que empero han intentado reformas
verticales proburguesas. Esta alianza se opone a muerte al Estado
francés que ha logrado la revolución burguesa de
1789 y representa a un heterogéneo y débil campo
jacobino-liberal burgués que no logra afianzarse en ningún
Estado debido tanto al retraso socioeconómico como a la
política imperialista y expoliadora napoleónica
que activa rechazos nacionales contradictorios.
El Congreso de Viena refleja en sus decisiones de reordenación
la alianza entre ambos extremos de Estados: mientras que Inglaterra
asegura su expansionismo mundial mediante la libertad de comercio
elemental para su crecimiento industrial que ya no manufacturero,
Austria, Prusia y Rusia estabilizan su poder a la vieja usanza.
Sólo Prusia toma medidas verticales tajantes de modernización
mediante una fusión considerable estato-militar-capitalista.
Las reivindicaciones nacionales de los pueblos no son satisfechas
en ningún momento y tampoco las sociales. Más incluso,
el Congreso de Viena interviene centralizadamente en las brutales
represiones de las tres sucesivas oleadas revolucionarias que
sacuden al continente en 182O, 183O y 1848; oleadas en las que
las exigencias nacionales van inseparablemente unidas a las sociales
con claros contenidos progresistas y democráticos.
Pero no puede detener la paulatina transformación del capital
manufacturero en industrial. Proceso que se acelera mediante el
giro de 1848/49 que marca el posicionamiento definitivo de las
burguesías por el orden establecido mediante alianzas con
la aristocracia y contra las clases, naciones y sexo-género
oprimidos. Simultáneamente a ese giro e impulsado sociopolíticamente
por él se inicia la fase expansiva de 1848/73 en la que
se asienta el núcleo metalmecánico y motor de vapor
y combustión externa de carbón. Sin el Congreso
de Viena y su celosa vigilancia del orden social, nacional y estatal
europeo hubiera sido muy difícil esa expansión.
De todos modos se produce una reordenación de los ejes
de desarrollo y de los espacios productivos con decisivas implicaciones
nacionales, internacionales e interestatales futuras: mientras
Inglaterra sigue como primera potencia, Holanda se retrasa algo,
Francia avanza lentamente, Prusia se acelera y unifica Alemania,
Piamonte unifica Italia pero con dificultades para el futuro,
Austria se alía con Hungría para sobrevivir agudizando
el problema balcánico, el sur europeo -Grecia, Estado español,
Portugal e Italia meridional- se atrasan definitivamente. Las
represiones coaligadas de 1848/49 y de 1871 demuestran que el
capital europeo no está dispuesto a dejar a las clases
y naciones oprimidas vía libre.
La solidez de la reordenación geopolítica establecida
por el Congreso de Viena se demuestra además de su efectividad
represiva y de incentivación económica de 1848/73,
también en la capacidad de resistir durante la fase económica
descendente de 1873/93 en la que las contradicciones interestatales,
internacionales y sociales van creciendo pese a la relativa mejora
de las condiciones de vida y trabajo, a los mecanismos de integración
social y a las medidas hipercentralizadoras de los Estado-nación
existentes.
Para 1893, antes de que se inicie otra fase expansiva del capital que va en directo al imperialismo, existe ya una "Europa de tres velocidades": primera, Alemania en disputa con Inglaterra, después el Estado francés, actual Benelux, norte de Italia, etc; segunda, Austria-Hungría, norte del Estado español, zonas de Rusia, Dinamarca, Suecia, partes de Rumania, etc, y tercera, todo el sur europeo -Balcanes, Italia meridional, península ibérica, Grecia- casi toda Rusia, Europa septentrional etc. Pero sobre las "velocidades" ya hablaremos más adelante debido a la trampa que encierra esa terminología.
Aunque para la primera década del XX están dadas
las bases de la IªGM esta no estalla por el sofisticado sistema
legado por el Congreso de Viena y la posterior modernización
bismarckiana que permite que las tensiones se canalicen mediante
pactos internos y expansionismos imperialistas. Para entonces
los tres puntos nodales de la ideología eurooccidental
descritos arriba y que provienen de la primera reordenación
-antieslavismo, antiislamismo y antisemitismo- se han concretado
amenazadoramente en el pangermanismo, en el imperialismo contra
Turquía y todo el área en general y contra el sionismo
en todo Europa.
Esa ideología eurooccidental se perfecciona con el aporte
del socialdarwinismo y de la sociobiología. Por último,
en la medida en que las contradicciones interimperialista intraeuropeas
no logran canalizarse hacia el exterior revirtiendo en el interior,
aparece la hostilidad franca entre Alemania e Inglaterra expresada
en el choque entre pangermanismo y pananglicanismo quedando la
tradicional disputa franco-germana a corta distancia de la anterior.
La Iª GM es el resultado de tres fuerzas confluyentes: conflictos
interimperialistas, conflictos interestatales concretos heredados
del pasado y reactivados con el imperialismo y conflictos internacionales
permanentes azuzados por las disparidades de desarrollo centro-semiperiferia-periferia
y por los dos conflictos previamente citados. La Iª GM es
el resultado del anacronismo del modelo del Congreso de Viena
en las nuevas contradicciones imperialistas, al igual que las
guerras napoleónicas fueron el resultado del anacronismo
del Tratado de Westfalia frente a la contradicción irreconciliable
entre los intereses del capital manufacturero francés y
el capital inglés en tránsito a la industrialización,
siendo los grandes Estados absolutistas dinásticos agentes
de segundo orden aunque aparentaran lo contrario.
Pero la Iª GM tuvo consecuencias cualitativamente novedosas
sobre el modo de producción capitalista y sobre Europa:
creación de la URSS y apertura de dos períodos revolucionarios
intraeuropeos durísimos; declinar definitivo inglés
frente a EE.UU.; profundos cambios internacionales e interestatales
que urgían una nueva reordenación europea; endurecimiento
de las guerras de liberación nacional extraeuropeas, etc.
Como efecto de las innovaciones endógenas y exógenas
se inicia una fase descendente del capital que conducirá
tras su agudización a partir del '29 a la IIª GM.
A diferencia de las guerras napoleónicas, que inician un
período completo del capital, sociopolítico y económico,
la Iª GM es sólo la primera parte del asentamiento
de la nueva fase expansiva que necesitará para despegar
plenamente los terribles efectos de la IIª GM.
La tercera reordenación europea se produce al estabilizarse
la jerarquía interimperialista mundial con el dominio yankee
y al concluirse la repartición de esferas de influencia
con la URSS no sólo a escala europea sino mundial. Los
acuerdos de 192O de Versalles, que pretendían resolver
el caos del momento no lo lograron por la propia incapacidad del
capital para derrotar a la URSS y a las clases y naciones oprimidas.
No pudo imponerse un orden estable por la existencia de un polo
revolucionario y de unas contradicciones intracapitalistas mundiales
desestabilizadoras de toda estrategia clásica. A partir
de 1914 y pese al período de ascenso de 1945/68, el capitalismo
ya no será el mismo ni Europa será ya el centro
imperialista.
Se necesitaban una serie de condiciones objetivas y subjetivas
elementales: aplastar a la URSS y vencer a las clases y naciones
oprimidas; recomponer el modelo sociopolítico de intervención
en la economía, o sea reestructurar la forma-Estado; imponer
una nueva forma de explotación de la fuerza de trabajo
social ya introducida antes de la Iª GM pero aún no
vigente del todo: el taylor-fordismo. La crisis del '29 agrava
las dificultades de reordenación. La tendencia a los movimientos
nazi-fascistas iniciada en Italia se refuerza con la crisis creciendo
además debido a la desastrosa política interestatal
e internacional de la URSS que ha entrado ya en un proceso de
degeneración burocrática muy beneficiosa para el
capitalismo.
Como esas condiciones no se lograron en su totalidad al haberse
interrelacionado las diferentes crisis y/o subcrisis parciales,
y al mundializarse el capitalismo y sus contradicciones, estalló
la IIª GM. Esta reflejaba el fracaso del capital en estabilizar
las condiciones surgidas de la guerra anterior más las
nuevas contradicciones surgidas en esas dos cortas e intensas
décadas en las que, una vez más, el pangermanisno
era el andamiaje ideológico del capitalismo alemán
ya definitivamente grueso para su estrecho marco estatal y eurooccidental.
Los Estados francés e inglés tampoco podían
ya permitir mayores avances nazis -Austria, Checoslovaquia, Polonia,
Pacto con Mussolini, Noruega- pues su potencial económico
y militar sería incontenible.
La IIª GM tiene además otra característica
cuantitativamente diferente a la Iª GM: el ataque a la URSS,
que en sí era el objetivo central del capitalismo alemán
y del nazismo. Sin caer en la historia ficción, es más
que probable que Francia e Inglaterra no hubieran movido un dedo
en auxilio a la URSS si la guerra se hubiera librado exclusivamente
en el frente Este. La necesidad de exterminar a la "amenaza
bolchevique" provenía para Alemania de dos causas:
su proximidad y sentido de referencia y los mercados e inmensos
territorios. De ambas podía nacer un peligroso contrincante
muy superior al francés e inglés. La política
timorata y apaciguadora stalinista no convencía al capital
alemán por la sencilla razón de que veía
más provechosa su expansión hacia el Este que hacia
el Oeste.
La tercera reordenación se asienta sobre un panorama totalmente nuevo que empero conserva conexiones subterráneas con históricos enfrentamientos geopolíticos y socioeconómicos que se remontan a la transición al feudalismo en la Europa occidental y en la tardía feudalización de Europa oriental. Partiendo de la diferencias de ritmos y en base a la vigencia del desarrollo desigual y combinado, las sucesivas revoluciones industriales y la dialéctica centro-semiperiferia-periferia determinan desde entonces periódicos conflictos interestatales e internacionales que ideológica y culturalmente adquieren la forma de enfrentamiento permanente pangermanismo-paneslavismo.
Mientras que las contradicciones franco-germanas y anglo-germanas
se resolvieron por y mediante la disciplina intracapitalista de
la división interestatal del trabajo, con crisis resueltas
por los mecanismos internos, las existente entre Alemania y los
Estados y pueblos eslavos y euroorientales -con alianzas y bloque
mutuos por uno y otro bando- son de gravedad muy superior por
la magnitud de la diferencia económica y cuantía
de las transferencias de valor e intercambio desigual que se establecen
exasperando las reivindicaciones eslavas frente a la dominación
del capitalismo alemán.
En la medida en que la burocracia stalinista contenía las
aspiraciones nacionales eslavas a pesar de la guerra fría,
en esa medida el orden resultante de la tercera reordenación
se veía asegurado en ese permanente foco de tensiones históricas.
A la vez, el auge económico de onda larga de 1945/68, la
relativa integración clasista del Estado-keinesiano, el
colaboracionismo de los PC's oficiales y sus sindicatos, las sobreganancias
del imperialismo, el descrédito creciente de la corrompida
burocracia stalinista en las clases trabajadoras, etc, todo ello
permitió una expansión burguesa sostenida. Ahora
bien, tampoco se hubiera logrado sin fuertes mecanismos intraestatales
de vigilancia y control social sobre todo en Alemania Federal
y en el sur del capitalismo europeo con las dictaduras de Franco
y Salazar que permitieron largos años de sobreexplotación.
Pero todo este modelo empieza a entrar en quiebra sociopolítica de integración y subsunción de la fuerza de trabajo social, de las naciones oprimidas y de la legitimidad del patriarcalismo a mediados de los '6O llegando a una situación compleja de crisis sociopolítica a finales de esa década. Ello repercute en cuanto impacto exógeno pero inherente a la totalidad concreta del capitalismo como sistema europeo en la capacidad burguesa para detener las crisis endógenas que se acumulan emergiendo a comienzos de los '7O.